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¿Pasará el libro a ser pieza de museo como le sucedió al pergamino?

La historia del libro se remonta muchos siglos atrás, antes incluso de las primeras impresiones que permitió la imprenta de Gutenberg. Bien fuera por transmisión oral o escrita a través de manuscritos, tablillas, pergaminos o papiros, el conocimiento fluía de generación en generación.

Hoy día, surge el debate del soporte papel o digital y de qué libros merecen ser conservados en o no. Congresos como el de La Biblioteca de Occidente en contexto hispánico, organizado por UNIR (Universidad Internacional de La Rioja), el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC y Cilengua, tienen como objetivo debatir los grandes libros que pasarán a la historia en papel. El presidente de este Congreso e investigador del CSIC, Miguel Ángel Garrido, señalaba que “al principio del siglo XXI, caracterizado por el mundo digital que ofrece el acceso inmediato a miles y miles de títulos […], es relevante fomentar la experiencia de la lectura literaria tal como se ha consolidado en los siglos XIX y XX como factor decisivo para la configuración de una rica personalidad”.

Al igual que ocurrió con los pergaminos o tablillas que han pasado a formar parte de los grandes museos como pieza histórica de exhibición, los grandes libros se convertirán en un elemento de exposición en las salas de El Prado o Louvre. Pero la gran pregunta es ¿se leerán? ¿Qué llevará a un adolescente a leer “La retórica” de Aristóteles? ¿Por qué un universitario leerá “1984” de George Orwell? ¿De dónde va a surgir ese hábito? El problema no reside tanto en el soporte, como en la necesidad de replantear todo el proceso ya que el consumidor avanza a pasos agigantados.

Las generaciones lectoras actuales no son nativas del libro electrónico. Han conocido sólo el papel o son “híbridas” entre lo electrónico y lo tradicional. Pero, ¿qué ocurrirá cuando estas desaparezcan y sólo queden las digitales?, ¿cómo se fomentará el acceso a los grandes libros que hoy conservamos en los estantes de nuestras librerías particulares?, ¿existe una infraestructura lo suficientemente desarrollada para transmitir ese conocimiento de forma electrónica?

Quizás un modelo a seguir a la hora de fomentar ese hábito lector sean centros como La Central de Callao, que combina librería con ocio para convertirse en un punto de encuentro para la sabiduría y el conocimiento. Cuenta con cafetería, restaurante y numerosas actividades culturales que hacen de la lectura una actividad interesante, enriquecedora y amena.

Cambios pequeños pero significativos como las búsquedas que se hacen en la red deberían tenerse en cuenta a la hora de clasificar y ordenar los libros en las bibliotecas o librerías. Adaptarse a las actuales formas de búsqueda facilitaría el acceso al conocimiento, que en ocasiones supone una dificultad si no se conoce los sistemas de clasificación o, como está sucediendo en la actualidad, están cambiando constantemente porque la gran mayoría de las búsquedas son online.

Resulta difícil encontrar respuestas certeras en un panorama de cambio continuo, pero si algo está claro es que el conocimiento seguirá fluyendo. Lo que no sabemos, a día de hoy, es en qué formato pasará a la historia y si el libro físico sobrevivirá a la era digital.

Nuria Domínguez Cuenca

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