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El defensor del lector, en peligro de extinción

La labor dentro de un periódico del defensor del lector es, desde luego, difícil y poco agradecida. Sus tareas incluyen, entre otras, monitorizar las críticas de los consumidores del rotativo y establecer si estas están justificadas. Si el motivo de la protesta es un error o una decisión editorial que pueda considerarse como mala praxis, este defensor del lector debe ponerlo de manifiesto para reconocerlo y subsanarlo.

En la mayoría de los casos, estas apariciones suelen ir en contra de una decisión de algún compañero de redacción y tiende a resaltar los errores o posibles actuaciones alejadas de la deontología profesional de un colega de cabecera. Desde luego, en la mayoría de los casos, es una práctica bastante ingrata.

Sin embargo, aunque es una figura que no todos los medios poseen, sí que da mucho prestigio al mismo y su responsable suele ser una persona que goza de un gran respeto dentro de la profesión y que destaca por su honestidad, independencia y rigor periodístico.

Uno de los medios que sí tenía esta figura entre su redacción era ‘la biblia’ del Periodismo, el New York Times. Sin embargo, hace solo unas semanas, el rotativo norteamericano anunció que no volvería a contar más con su defensor del lector (defensora en este caso, pues el cargo lo ostentaba la periodista Liz Spayd).

El motivo que adujo entonces el diario neoyorquino para prescindir de Spayd fue que no tenía sentido contar con esta figura en una época digital en la que “los seguidores y lectores en internet cumplen un papel más enérgico y vigilante” que el podría tener una única persona.

¿Más o menos útil que nunca?

El debate queda servido entonces en torno a la validez de un defensor del lector que aglutine las quejas o posibles errores editoriales cometidos en la redacción de un periódico, dentro de un mundo en el que millones de personas con acceso a internet gozan de un canal bidireccional de redes sociales y comentarios para denunciar esas posibles anomalías.

Por un lado, se pueden entender las razones que expone el NYT para justificar la renuncia a esa figura. Si miles de personas pueden mostrar a través de las redes su disconformidad con una decisión editorial o dejar comentarios en una noticia denunciando un error en el texto, ¿tiene sentido tener una persona encargada de detectar estos sucesos, ponerlos de manifiesto y denunciarlos?

En el otro espectro se encuentra el argumento de que el público es soberano pero puede no tener necesariamente razón en su protesta. Ahí resultaría de vital importancia contar con una persona que tenga un bagaje profesional y un apego estrecho a la deontología periodística, para ser capaz de discernir aquellos presuntos malentendidos de auténticos errores o de sustentar los motivos de una decisión editorial.

La predecesora de Spayd en el cargo, Margaret Sullivan, comentó en su cuenta personal de Twitter que no se mostraba sorprendida de la decisión del periódico porque el puesto de defensor del lector es en sí mismo “una molestia” para el poder editorial, pero que siempre creyó, durante los cuatro años que ejerció el puesto, que su labor había servido para un “importante propósito en el liderazgo del Times”.

Es entendible entonces que los medios, en una época de escasez de recursos y de ‘feedback’ continuo, vean como buena la solución de renunciar a una figura molesta como la del defensor del lector. Sin embargo, desde un punto de vista editorial, esto quizá tiene menos sentido, pues para el prestigio y el buen hacer de un medio, el ‘Ombudsman’ (como se le conoce en el mundo anglosajón) proporciona una visión experimentada, fiable e independiente que no siempre está entre el público general de un periódico.

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